Aunque Pedro, Santiago y Juan conocían a Jesús desde hacía mucho tiempo, debieron quedar profundamente sorprendidos por la Transfiguración. Por un instante, los discípulos vieron a Jesús tal como realmente es, en su verdadera gloria como Hijo de Dios, brillando como el sol.
En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió, como se lo había ordenado el Señor.















