Somos Hijos de Dios Ahora

Señor muéstrame

Paz y bien.

Este Domingo, Primero de Noviembre, estamos celebrando la Fiesta de Todos los Santos, cuya fiesta es de precepto u obligación. Cuantos de nosotros nos gustaría ser santos? Espero que todos los que creemos en Dios, lo amamos con todo nuestro corazón, aspiremos a ser santos porque el mismo Dios nos invita, y motiva a ser santos. “Di a toda la comunidad de los israelitas: sean santos, porque yo, Yahvé, su Dios, soy santo” (Levítico 19, 2). “Porque esta escrito: serán santos, porque santo soy yo” (Pedro 1, 16).

Muchos de nosotros tenemos una idea muy errónea u equivocada, al pensar que la santidad se aplica solamente al papa, a los cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas. Todos estamos llamados a ser santos porque somos hijos e hijas, creados a imagen y semejanza de Dios. Quizás muchos que nos consideramos muy pecadores, vemos esta meta y fin como algo inalcanzable. Sin embargo, no es así porque si ustedes y yo nos abrimos a la Gracias de Dios, él nos va transformando, renovando, acrisolando poco a poco hasta que lo veamos tal cual es.

“Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aun no se ha manifestado como seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando el se manifieste, vamos a ser semejantes a el, porque lo veremos tal cual es”(1 Juan 3,2). Y como se consigue vivir en gracia y en santidad? Leamos, repasemos y meditemos muy cuidadosamente el Evangelio de este Domingo, Primero de Noviembre. (Mateo 5, 1-12). Preguntemos si estamos poniendo en practica las Bienaventuranzas de nuestro Señor Jesucristo; y si las estamos poniendo en practica, estamos en el camino correcto para llegar a la santidad. Y sino las estamos poniendo en practica, nunca es tarde para comenzar y retomar el camino. Pongámonos en oración, abrámonos a la acción del Espíritu Santo para que sea Él, el que nos enseñe como hacerlo. Digámosle a Dios, dame un corazón que te alabe noche y día; y un corazón para amar y perdonar sin limites y sin juicios a mi prójimo y a mí mismo. Un corazón que esté siempre abierto a tu gracia, tu amor, bondad, misericordia y compasión, para que yo también sea compasivo y misericordioso con mi prójimo y conmigo mismo. Amén.

Con cariño, su servidor,

Padre Alberto Villafán-Romero, OFM
DE NUESTRO PÁRROCO ASOCIADO