Vivir y Morir

DE NUESTRO PÁRROCO ASOCIADO

Durante mi última asignación, en el Centro de Renovación Franciscano en Scottsdale, Arizona, conocí a una pareja que me compartió la historia de su hijo Thomas. Thomas era un tipo brillante, le gustaba trabajar en carros y le gustaba contar chistes a sus amigos. Era muy atento con las personas, especialmente a aquellas que otros olvidan fácilmente. Le daba sus últimos dólares a un vagabundo porque pensaba que ese poco de dinero podría cambiar la vida de ese hombre. Se sentaba a almorzar con un estudiante de educación especial en su escuela y hacían dibujos juntos.

Sin embargo, Thomas también estaba luchando contra una fuerte depresión. Además de eso, era gay. Creció en la iglesia Católica y se sintió rechazado por la iglesia por ser quien era. Pensó que no había lugar para él en la iglesia, que no pertenecía allí. Pensó que era “insalvable”. Hace cinco años, Thomas se suicidó. Tenía solo 20 años.

Cuando su madre fue a un sacerdote para encontrar un consuelo, él le dijo que pensaba que “el diablo le susurraba al oído a Thomas”, lo que provocó que se suicidara. Decir algo así a una madre que acaba de perder a su hijo es tan cruel y, en sí mismo, maligno. Lamentablemente, esto no es único en nuestra iglesia. Todavía escucho historias de cómo algunas iglesias rechazarían la misa de las personas que se suicidaron.

Hay muchas historias como la de Thomas. Algunos de ustedes, o alguien que conocen, pueden haberse sentido rechazados por la iglesia, por su familia, por sus amigos y seres queridos. Hay muchas causas: depresión, enfermedad mental, ser gay, abortar, infidelidad, adicción. Les hace pensar que son “insalvables”, imperdonables. Las lecturas de este domingo nos recuerdan la inmensidad de la misericordia de Dios. No debemos intentar poner un límite a esa misericordia e imponerla a los demás. En cambio, Jesús nos ordena que estemos dispuestos a perdonar a los demás, al igual que Dios siempre está dispuesto a perdonarnos.

Septiembre es el Mes de la Prevención del Suicidio. Si usted o alguien que conoce está atravesando una crisis suicida o angustia emocional, llame a la Línea Nacional de Prevención del Suicidio: 1-888-628-9454. Para aquellos que han perdido a un ser querido por suicidio, Survivors of Suicide Loss Sobrevivientes de la Pérdida por Suicidio puede brindarles apoyo. Lo más importante es que podemos ser una extensión de la misericordia de Dios y proporcionar un espacio seguro y sin juicios para aquellos que luchan con la culpa o la vergüenza.

Continuando con el tema del Tiempo de la Creación, somos conscientes del “suicidio” que también nos infligimos a nosotros mismos, a nuestras generaciones futuras y a nuestra (como la llama San Francisco de Asís) Hermana Madre Tierra. Por todas nuestras fallas, pecados y abuso de la creación, le pedimos perdón a Dios. Dios ahora nos está llamando a enfrentar, sanar y transformar nuestros caminos que han sido destructivos para el medio ambiente. Esto es lo que el Papa Francisco llama en Laudato Si ’ una “conversión ecológica,” un término acuñado por primera vez por el Papa San Juan Pablo II.

En su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, el Papa Juan Pablo escribió que el auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y “tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado.” El Papa Francisco refuerza esto al afirmar: “Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia Cristiana.” (Laudato Si’:217)

Como nos recuerda San Pablo en la segunda lectura de hoy: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo… ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor.” Nosotros, la humanidad y toda la creación, estamos conectados a través de Cristo porque todos fuimos creados por Dios a través de Cristo. Por lo tanto, debemos hacer todo lo posible para cuidarnos unos a otros.

Paz, Padre Sam